Suena un tanto contradictorio que hace unos días me estuviera preocupando por mi falta de sueño a causa del jodido insomnio y que ahora esté dandole vueltas a algo que me ha pertenecido durante unos minutos, un sueño.
Siempre digo que lo único ue realmente nos pertenece son los sueños, ¿por qué? Fácil. Porque al fin y al cabo los sueños representan lo que más queremos y ansiamos en este mundo real y lo que más odiamos o a lo que más tememos. Eso es nuestro, los recuerdos son nuestros, de tu persona y de nadie más.
A menudo he tenido sueños raros, sueños de los que no me acuerdo, sueños de los que me despierto envuelta en sudor frío y escalofríos, sueños que quisiera retomar cuando volviera a coger el sueño, sueños de los que no quisiera despertar jamás o de los que quisiera vivir eternamente. Al fin y al cabo, sueños. Pero ninguno comparado al que he tenido en esta calurosa noche de agosto.
No sé cómo ni por qué pero llegamos al centro de Madrid. La magnífica ciudad nos cubría con un manto de oscuridad que se rompía con la luz de alguna farola. Había ya poca gente por la calle y sólo quedaban los resquicios de los botellones que la gente suele hacer en la calle. Se veían grupos de chicos y chicas riendose, bailando, o simplemente sujetándose los unos a los otros para poder soportar la borrachera y que no se les fuera de las manos.
Mis amigas y yo andabamos por la calle entre risas y carcajadas, entre insultos de broma y con una botella de agua que escondía de todo menos agua. La brisa veraniega nos sentaba bien, sentía el perfume de algunas amigas y veía en sus ojos la esperanza y el entusiasmo de que esta noche valdría la pena. Y lo hizo. Ibamos en zapatillas y en poco sitios te dejan entrar, recordemos la canción de El Canto del Loco: "yo quiero entrar en tu garito con zapatillas y que no me miren mal al pasar" Exacto. Pues bueno, sin mucha idea de donde ir, anduvimos hasta uno de mis lugares favoritos de Madrid, Plaza de España. El ambiente y la atmósfera de juventud se palpaba. De repente, vibra mi móvil, un mensaje suyo. En cuanto ví de quién era se me iluminaron los ojos y mis mejillas empezaron a sonrojarse. Ya habían sido un par de veces en los que me había escrito de madrugada, en esas horas de sinceridad. Abrí el mensaje con la esperanza de que esta vez me dijera algo realmente bonito, por así decirlo. Para mi sorpresa en el mensaje decía algo como: "Te estoy viendo. Nos vamos a la discoteca que tú y yo sabemos, aasique ya sabes donde estaré" Al instante supe a qué sitio se referia.
A los minutos nos encontramos dentro de esa discoteca que tanto me gustaba, una de las pocas que he cerrado, era un mundo paralelo en el que no necesitas ir bebido para poder pasartelo bien. Pasaron un par de horas hasta que me volvió a escribir diciendome que me estaba viendo, otra vez. Mi mirada lo buscó entre tanta gente que ya se sabía algunos rostros de memoria. Nada. No estaba. Me estaría tomando el pelo. Seguí saltando y bailando hasta que un brazo tiró del mío y allí estaba él. Cuanto tiempo, joder. Cuanto tiempo llevaba sin verle pero los nervios y las mariposillas en el estómago eran las mismas. Salimos fuera. Él y yo y nuestra discoteca favorita. Estábamos fuera con la misma brisa veraniega, el mismo ambiente juvenil, apoyados en la pared mirando a los árboles que decoraban la calle. Hablamos y hablamos. No quería que esa noche acabara nunca, no quería separarme de su lado. De pronto, me acarició la mejilla y me miró con esos claros y tímidos. Parecía mentira que nos conocieramos de tanto tiempo y que yo aún me sentá avergonzada de mirarle directamente a los ojos. Hacía tanto tiempo que esperaba este momento. "Eres tonta, pero tonta tonta" me dijo. Ambos reimos.
Me desperté. Cada sensación de ese sueño la recuerdo como si hubiese pasado de verdad, aun tengo mariposas en el estómago, aun me sonrojo al recordar ese sueño. Parece que no fue nada del otro mundo, pero para mí, ese sueño ha sido mi mundo entero.
Aunque al fin y al cabo, los sueños, sueños son.
viernes, 8 de agosto de 2014
Un sueño.
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