El corazón te va a mil.
Pum pum.
Tu respiración empieza a volverse entrecortada.
Tu mirada comienza a buscar algo que no sabes ni lo que es, mira al frente intentando buscar la salida, esa salida que ni siquiera sabes si existe.
Sudor frío.
Quieres salir. Quieres correr. Quieres tomar el aire y perderte en esa ciudad ahora muerta. Quieres llegar a aquel sitio donde sabes que aunque grites nadie te escuchará, quieres gritar sin que nadie te oiga.
Sales de tu cama con la esperanza de que eso cambie tu situación, pero eso es peor, la única compañía que tenías era tu almohada que ahora ya está en el suelo.
Estás en ese momento en el que solo quieres que pase la noche para poder afirmar, al día siguiente, que todos esos pensamientos de esa noche eran únicamente una pesadilla.
Ni la música te calma. Ni la música consigue sonar más alta que tus pensamientos.
¿Y ahora qué?
No llamas a nadie porque ni tú misma sabes que decirles, ni tú misma sabes por qué estás así.
De lo único que estás segura es que necesitas un abrazo, no un abrazo cualquiera, su abrazo. Comienzas a imaginar situaciones que te harían eternamente feliz y eso empeora la situación, ahora quieres algo que ni existe y no podrá existir. Triste pero cierto.
Llega un momento en el que te das cuenta, al fin, te das cuenta de la mierda de mente que tienes pero que al fin y al cabo es tuya y de nadie más.
Tu corazón sigue a mil.
Pum pum.
Parece que el insomnio vuelve a la carga.
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